Durante mucho tiempo, elegir un viaje significaba primero elegir un destino y después decidir qué íbamos a hacer al llegar. Hoy, para muchas personas, ese orden se ha invertido: primero aparece una experiencia o un evento que no nos queremos perder —un concierto, un partido, un festival— y después descubrimos hasta dónde tendremos que viajar para vivirlo.
Ya no es pensar “quiero ir a Nueva York”, sino “quiero ir a una de las fechas de Harry Styles en Nueva York”. Y ese pequeño cambio dice mucho sobre la manera en la que estamos viajando. Porque cuando algo es lo suficientemente importante como para hacernos tomar un avión, trasladarnos a otra ciudad, reservar un hotel y construir varios días de viaje alrededor de un evento de apenas unas horas, deja de ser una actividad más dentro del itinerario y se convierte en la razón por la que ese itinerario existe.
Entonces surge la pregunta: ¿qué sucede cuando el concierto deja de formar parte del viaje y se convierte en el motivo para viajar?
Quizá la respuesta está en entender que, a veces, el destino ya no es lo primero que elegimos. Primero elegimos aquello que no queremos perdernos.
Harry Styles es un claro ejemplo. Su actual gira se concentra en residencias en solo seis países alrededor del mundo. Ya no hablamos de una gira mundial tradicional en la que esperas a descubrir qué fecha llegará a tu ciudad. Esta vez las reglas del juego cambian: varias fechas por ciudad, pero muy pocos destinos. En Estados Unidos, por ejemplo, todas las fechas se concentran en un solo lugar: 30 noches en Madison Square Garden, en Nueva York.
Para muchas personas, la decisión comienza con “quiero ver a Harry Styles” y no con “quiero ir a Nueva York”. A partir de ahí aparecen el vuelo, el hotel y todo un itinerario construido alrededor del concierto. Esta vez, la experiencia llevó al viajero hasta el destino y no al revés.
Además, el artista elimina una de las barreras más difíciles para cualquier destino: decidir a dónde y, sobre todo, cuándo viajar. Nueva York siempre va a estar ahí. Central Park, Broadway o el Empire State Building pueden permanecer durante años en esa lista de “algún día quiero ir”. Pero la narrativa cambia cuando un evento pone una fecha en el calendario. Si quieres vivirlo, tienes que estar ahí ese día. Lo que antes era una intención futura se convierte en una decisión inmediata.
El concierto ya decidió a dónde y cuándo voy. ¿Ahora qué sigue?
La mayoría no viaja desde otro estado o país para asistir unas cuantas horas a un concierto y regresar inmediatamente a casa. Si ya hiciste el traslado, probablemente quieras quedarte un par de días. Necesitas un lugar donde dormir, comer y moverte. De pronto, un simple boleto empieza a construir todo un itinerario y una sola decisión de consumo desencadena muchas otras decisiones turísticas.
Empiezas pensando: “Si el concierto es el sábado, llego desde el viernes para no estar corriendo. El domingo seguramente voy a estar cansada, así que mejor regreso el lunes”. Y, de repente, un concierto en sábado se convirtió en un viaje de cuatro días, de viernes a lunes.
Ahora hay nuevas decisiones por tomar: dónde hospedarte, dónde comer y qué hacer con el tiempo libre antes y después del show. Y aparece una frase muy sencilla: “Ya que voy a Nueva York, quiero conocer…”
Pero cuando quienes viajan son fans, incluso los lugares que quieren descubrir pueden cambiar. Empiezan las búsquedas sobre pop-up stores, activaciones relacionadas con el concierto, dónde comprar merch o qué lugares ha visitado el artista durante su estancia. Un restaurante puede adquirir un significado distinto simplemente porque comió ahí; alguien puede querer pedir lo mismo que él pidió o recorrer ciertas calles con la esperanza de encontrarlo en algún momento.
Y, casi sin darnos cuenta, los fandoms también construyen mapas. Hay ciudades, venues, calles, hoteles, tiendas y restaurantes que adquieren un nuevo significado porque algo relacionado con el artista ocurrió ahí.
La experiencia empieza a salir de Madison Square Garden y se extiende por la ciudad. Durante unas horas, el artista ocupa el escenario. Durante varios días, el fandom ocupa la ciudad.
Se estima que la residencia podría representar hasta 585,000 asistentes en el Madison Square Garden. No todos serán turistas, por supuesto, pero basta con que una parte llegue desde otros estados o países para que alrededor de un espectáculo se genere todo un ecosistema de viajes.
Y es justo ahí donde aparece una oportunidad para el marketing turístico. Porque detrás de todas esas personas que llegarán a Madison Square Garden no solo hay asistentes a un concierto; también hay viajeros con una ciudad entera por descubrir.
El concierto ya consiguió que miles de personas llegaran a Nueva York. La pregunta deja de ser “¿cómo hacemos que vengan?” y se convierte en “ahora que están aquí, ¿cómo hacemos que descubran la ciudad?”
Un fan puede llegar con una prioridad muy clara: ver a Harry Styles. Pero todavía tendrá que decidir dónde desayunar, qué hacer antes del concierto, dónde cenar después o qué barrios recorrer. Cada una de esas decisiones abre una oportunidad para conectar al viajero con el destino.
Ahí es donde el marketing puede transformar un viaje motivado por un concierto en algo mucho más amplio. No se trata de convertir toda la ciudad en una campaña alrededor del artista, sino de entender qué llevó a esas personas hasta ahí y utilizar ese punto de partida para mostrarles todo lo demás que pueden encontrar.
Para el marketing turístico, esto representa una oportunidad enorme. El destino ya no tiene que generar la intención inicial de viaje; puede concentrarse en ampliar la estancia, enriquecer la visita y lograr que el viajero descubra una ciudad que, en principio, quizá nunca fue la razón principal por la que decidió hacer las maletas.
Pero el verdadero valor no termina en una noche adicional de hotel, una reservación en un restaurante o una visita más. Está en conseguir que la ciudad deje de ser únicamente el lugar donde ocurrió el concierto y se convierta en parte del recuerdo.
Quizá Harry Styles consiguió esa primera visita. Pero la experiencia que Nueva York construya alrededor de ella puede convertirse en la razón para querer volver.
Porque, al final, quizá muchas personas recuerden este viaje como “la vez que viajé a Nueva York para ver a Harry”. Pero también recordarán las calles que recorrieron, los lugares que descubrieron, dónde comieron, las personas que conocieron y todo aquello que ocurrió antes y después de que se apagaran las luces en Madison Square Garden.
El concierto habrá durado unas horas. El viaje, varios días. Y el recuerdo, posiblemente muchos años.
Todo comenzó con un boleto, pero terminó convirtiéndose en mucho más. Porque cuando viajamos por aquello que amamos, llegar al concierto es solo una parte de la experiencia. Todo lo que sucede antes y después también forma parte del show.